
La externalización de los campos de concentración para extranjeros.
La primera ministra de Italia, Doña Georgia Meloni, lo ha conseguido. La UE ha aprobado endurecer la ley por la que Europa ya puede expulsar a los extranjeros que están, o entren en las fronteras de la Unión de forma irregular, y enviarlos a campos de concentración fuera de sus fronteras. Esto, que a todas luces parece un ataque al principio de solidaridad preconizado por Occidente desde la fundación de la Sociedad de Naciones, y que puede ser una vuelta de tuerca más para nosotros, los de la raza etíope; debería ser, sin embargo, un tema mayor que nos llevara a una reflexión sobria y sincera.
Cuando Otto von Bismarck y sus colegas decidieron repartirse África allá por 1884, ya habían decidido que no existiría otra civilización que no fuera la occidental. Así que, a los africanos habría que hacerles hablar en inglés, francés, alemán, portugués, holandés, español, etc. Para llevar a cabo esa inculturación, a los de la raza etíope habría que repetirles machaconamente que sus ancestros eran salvajes y que sus culturas eran primitivas. Y en la mayoría de los casos, se les prohibiría hablar sus idiomas salvajes para que aprendieran perfectamente las lenguas europeas.
Otto y sus colegas probablemente establecieron también que, para que África se mantuviera perpetuamente en el más abyecto subdesarrollo, el centro del universo estaría en Europa Occidental para mayor gloria.

Y es así como llegamos a este nivel de ignominia. Los africanos venimos corriendo a Europa para mejorar nuestras vidas personales porque los sátrapas que mayormente gobiernan nuestros países están ahí porque han sido elegidos por Occidente entre los más corruptos, los más fáciles de manipular y los más ansiosos de riqueza y poder, dispuestos a codearse con sus amos antes que con sus pueblos y con África.
Mientras tanto, los negros y demás afrodescendientes, después de graduarse, conseguir másteres, doctorados y otros cum laudes, luchan por su asimilación y blanquitud, esperando pasar desapercibidos en sociedades que, si no les odian, sí les desprecian y les consideran intrusos, aunque escriban mejor que Cervantes, Molière, Franz Kafka o Thomas Mann.
Y para otros de nuestra famosa raza etíope, el paraíso en la tierra se convierte en trabajos precarios: vender baratijas en las calles y hacer de indicadores de aparcamiento en los aledaños de hospitales, supermercados y otros lugares de concurrencia pública.
La crudeza de estas políticas europeas no debería sorprendernos: son el síntoma visible de una verdad que llevamos demasiado tiempo evitando. Un continente que no se respeta a sí mismo no puede exigir respeto fuera de sus fronteras. Ningún pueblo obtiene dignidad mendigándola; la dignidad se conquista construyendo sociedades que funcionen, instituciones que protejan y economías que generen oportunidades reales para su gente.
Europa seguirá levantando muros, externalizando fronteras y diseñando leyes cada vez más hostiles mientras África siga siendo percibida como un espacio sin rumbo, sin fuerza y sin proyecto. No es justo, pero es real.
Y frente a esa realidad, la diáspora y el cuerpo diplomático africano en España no pueden limitarse a la queja moral ni a la indignación pasajera. Nos corresponde asumir un papel histórico: ser la generación que rompa el ciclo de dependencia, victimismo y resignación.
Porque si África no mejora política, social y económicamente, ningún negro será respetado en ninguna parte del mundo, por más títulos que acumule, por más idiomas que domine o por más esfuerzos que haga por encajar en sociedades que nunca lo verán como propio.
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