Imagen de portada, Europa a través del tiempo.

Desafíos de Europa a través del tiempo

Europa, a pesar de sus innumerables errores y contradicciones a lo largo de la historia, llegó a convertirse durante siglos en algo más que un continente: fue un faro. Un lugar donde, entre sombras y conflictos, también surgieron ideas capaces de iluminar el mundo. En tiempos en que la injusticia parecía ley natural, Europa ofreció —al menos como aspiración— un horizonte distinto.

Durante largos periodos, la religión actuó como un freno imperfecto pero real frente a los abusos del poder. Más tarde, la Ilustración abrió un camino nuevo: el de la razón, la ética y la dignidad humana como principios rectores de la vida pública. No fue un camino recto ni exento de hipocresías, pero sí una promesa de progreso moral.

Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, Europa y buena parte del mundo comprendieron que la civilización es frágil. Se establecieron entonces normas, acuerdos e instituciones que, aunque incapaces de erradicar la injusticia, buscaban al menos contenerla. Aquellas reglas representaban un pacto elemental: evitar que la humanidad volviera a precipitarse en el abismo del caos.

Hoy, sin embargo, parece soplar un viento inquietante. Como si algunas voces quisieran desandar el camino recorrido y devolvernos a un mundo donde la fuerza sustituye al derecho, donde el poder impone su voluntad sin límites ni responsabilidades. Regresa, disfrazado de pragmatismo, el viejo culto al matón.

En ese contexto, resulta desconcertante escuchar cómo la máxima dirigente europea, en su último discurso, parece claudicar ante esta lógica. En lugar de plantar cara a la barbarie, su posición suena peligrosamente cercana a ella. Como si se abriera la puerta a un mundo donde bombardear ciudades, hospitales, mujeres y niños pudiera convertirse nuevamente en un gesto tolerado, sin rendición de cuentas ni declaración formal de guerra.

Si se examina su trayectoria desde el inicio del conflicto provocado por ambos dirigentes enfrentados, surge una pregunta inquietante: ¿defiende realmente los intereses de los europeos o actúa, consciente o inconscientemente, como instrumento de un poder ajeno? La historia conoce bien las metáforas que nacen en estas circunstancias: el caballo de Troya nunca llega anunciándose como enemigo.

Afortunadamente, no todas las voces han guardado silencio. António Luís Santos da Costa, abogado y político portugués, actual presidente del Consejo Europeo, ha mostrado su desacuerdo con ese discurso, recordando que decisiones de tal magnitud deberían surgir del consenso entre las naciones europeas y no de iniciativas unilaterales que erosionan la legitimidad institucional.

También el presidente de España ha defendido con claridad la necesidad de preservar un orden internacional basado en normas. Se puede discrepar de su política interna, como ocurre en toda democracia, pero su postura exterior implica asumir riesgos y posibles represalias de quienes preferirían gobernar el mundo desde la intimidación. En tiempos donde algunos dirigentes parecen hacer fila para rendir pleitesía al poder, esa actitud adquiere un significado particular.

Resulta igualmente llamativo el silencio de ciertos sectores que se proclaman cristianos. Algunos incluso parecen alinearse sin pudor con quienes encarnan la lógica del dominio y la fuerza bruta (tiranía). Paradójica devoción: “A Dios rogando y con el mazo dando”

Quizá convendría recordar por qué Jesús de Nazaret fue considerado un “agitador” a los ojos de Roma, una figura incómoda y peligrosa para el Imperio, principalmente porque su mensaje y sus acciones representaban una amenaza política y social al orden establecido (Pax Romana).

Cuestionaba el poder: Su desafío era profundo: cuestionando el orden moral que sostenía el poder. Sus enseñanzas sobre igualdad, justicia y dignidad humana socavaban las estructuras sociales que legitimaban la opresión de la administración romana y sus aliados. Además, rechazaba el liderazgo autoritario de los "gentiles" (romanos), lo que chocaba con la política de sumisión que Roma imponía.

Jesús enseñó que el apego a la riqueza dificulta la entrada al Reino de Dios, advirtiendo que no se puede servir a Dios y al dinero. Más que condenar la riqueza en sí, criticó el egoísmo y la autosuficiencia que provoca, exhortando a la generosidad, a compartir con los necesitados y a acumular «tesoros en el cielo» mediante el servicio a los demás. Enseñaba la necesidad de amar al prójimo como a ti mismo, a diferencia del inhumano trato hoy a los inmigrantes por el ICE en USA.

¿Nos resulta familiar esta advertencia?

Hoy vivimos en un mundo donde el 1% de la población ha llegado a concentrar el 63% de la nueva riqueza generada, casi el doble de la que posee el 99% restante, según datos de Oxfam. Una desigualdad que no solo es económica, sino también moral.

La historia nos enseña que la civilización no retrocede de golpe, sino poco a poco: primero se relativizan los principios, luego se justifican los abusos y finalmente se normaliza la barbarie.

Por eso no podemos permitirnos la complacencia. Si aspiramos a dejar a las generaciones futuras un mundo más justo que el que recibimos, debemos expresar nuestras convicciones con claridad y sin miedo.

Porque hay momentos en los que la historia exige algo más que silencio.

Y quizá este sea uno de ellos.

Ahora la pregunta permanece abierta:

¿Qué estamos dispuestos a hacer para que la barbarie no vuelva a gobernar el mundo?

Jaime Tino Pouso

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