
Sobre los incendios y el negacionismo climático
España lleva meses convertida en un inmenso brasero nacional. Cada verano repetimos aquello de “este año está siendo duro”, pero lo de ahora ya roza el esperpento. Los bosques arden con tal entusiasmo que uno empieza a sospechar que los pinos han decidido jubilarse anticipadamente convirtiéndose en carbón vegetal antes de agosto.
Cuando se quemaron los primeros bosques pensé que era una broma pesada, una especie de performance colectiva para llamar la atención del mundo. Pero no.
Después vino el incendio de Los Gallardos, y el de Zaragoza, y el de Teruel, y el de Guadalajara, y ahora, el de Madrid, Ávila y Toledo. A este ritmo, cualquier día veremos a los bomberos haciendo turnos como si fueran controladores aéreos.
Hubo un momento —lo confieso con rubor— en que me dio por imaginar teorías estrambóticas. Una de ellas era que algún personaje público, dotado de poderes casi mitológicos según ciertos discursos, recorría la península por las noches con una antorcha en la mano, como si protagonizara una película de aventuras de bajo presupuesto.
Me lo imaginaba cruzando montes, valles y fronteras, disfrazado con camisetas de selecciones extranjeras para pasar desapercibido, quemando a diestro y siniestro desde Burdeos hasta Lisboa. Porque, claro, cuando uno escucha algunas tertulias, parecería que ciertos líderes tienen capacidades sobrenaturales dignas de un cómic.
Pero, va a ser que no.
Ni poderes mágicos, ni conspiraciones nocturnas, ni antorchas patrióticas.
La realidad es mucho más aburrida… y mucho más peligrosa.
La verdad, por incómoda que resulte para algunos, es que el cambio climático existe. Y existe con tal contundencia que ya no necesita presentarse: llega, actúa y deja su tarjeta de visita en forma de hectáreas calcinadas.
Mientras tanto, los negacionistas siguen buscando explicaciones alternativas, como si el planeta fuera un adolescente rebelde que solo quiere llamar la atención.
Pues sí, parece que el cambio climático existe y los responsables de las Instituciones españolas se tendrán que poner de acuerdo, mal que les pese, a tomar medidas para combatir el cambio climático poniendo todos los medios, económicos y humanos que hagan falta para que lo de este año no vuelva a suceder nunca.
Mi más sincera condolencia a los fallecidos y mi respeto a los familiares del incendio de Los Gallardos.
Ojalá este verano sea el último en el que tengamos que escribir artículos como este.
Un artículo de Anacleto Bokesa Camó
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