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El Renacer

Luis ascendía lentamente por la ladera abrupta de la montaña. Cada paso se hundía en la gravilla helada, cada respiración le recordaba la altura y el cansancio acumulado. Sin embargo, había en aquel esfuerzo una forma de silencio interior que lo atraía desde siempre: subir montañas era, para él, una manera de despejar el ruido del mundo.

El día era luminoso y frío. El sol de invierno derramaba una claridad oblicua sobre la sierra de Guadarrama, mientras un viento suave recorría las cumbres con la paciencia de algo eterno. La montaña parecía respirar.

Tras la última pendiente, alcanzó por fin la cima de Peñalara.

Se detuvo.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, como si hubiera entrado en un santuario. Luego giró lentamente sobre sí mismo, trazando un círculo completo con la mirada. Montañas ondulantes, lagunas oscuras como espejos antiguos, valles cubiertos de sombra y de luz. El horizonte parecía dilatarse hasta confundirse con el cielo.

Era uno de esos momentos en los que el mundo, inexplicablemente, parece suficiente.

Se dejó caer junto a una roca inclinada y apoyó la espalda en su superficie fría. El cansancio se extendía por su cuerpo como un peso dulce. Cerró los ojos. El viento susurraba entre las piedras.

Sin darse cuenta, se durmió.

No supo cuánto tiempo pasó.

El graznido áspero de un buitre rasgó el silencio.

Luis abrió los ojos un instante. Muy arriba, el ave describía círculos majestuosos en el cielo, sostenida por corrientes invisibles. Su vuelo tenía algo antiguo, casi ritual.

Cerró los ojos de nuevo.

Y el sueño regresó.

Pero esta vez no era un sueño común.

En él había muerto.

No hubo oscuridad ni miedo. Ninguna de las imágenes sombrías con las que los hombres suelen imaginar el final. Al contrario: se encontraba en una claridad suave, sin origen ni dirección, como si el espacio entero estuviera hecho de una luz tranquila.

No tenía cuerpo.

Y sin embargo existía.

Aquella ausencia de peso lo sorprendió primero como una extrañeza, luego como una revelación. Se movía sin esfuerzo, sin resistencia, como si su voluntad bastara para atravesar el espacio.

Era libre.

Pero lo más extraordinario no era la libertad, sino la serenidad profunda que impregnaba todo. Comprendió de manera inmediata algo que nunca había entendido del todo mientras vivía: en aquel lugar nadie podía hacer daño a nadie.

No porque estuviera prohibido.

Sino porque resultaba imposible.

La maldad pertenecía al mundo de los cuerpos, de la escasez, del miedo. Allí no existía.

Sin embargo, seguía sintiendo.

Escuchó el canto de los pájaros como si cada nota contuviera una pequeña eternidad. Percibió el aroma de flores, una fragancia que parecía surgir del propio aire. La belleza de la naturaleza se desplegaba ante él con una claridad que ninguna mirada humana había logrado abarcar jamás.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Entre aquella luminosidad apareció una presencia conocida.

Su hermana.

Había muerto años atrás.

No hubo sorpresa ni preguntas. En aquel lugar todo era reconocimiento. Se acercaron el uno al otro como si nunca hubieran estado separados.

Se abrazaron.

Y aunque ninguno tenía cuerpo, Luis sintió con absoluta nitidez el calor, la cercanía, la ternura. Era una emoción tan pura que parecía contener todas las alegrías que la vida había fragmentado.

En aquel abrazo comprendió algo que ninguna filosofía había logrado explicarle del todo: la existencia podía ser, sencillamente, amor sin miedo.

Hombre de espaldas mirando un valle al atardecer con un buitre sobrevolándolo

El graznido del buitre atravesó el cielo.

Luis despertó.

Tardó unos segundos en comprender dónde estaba. El cielo azul, la piedra fría, el viento cortante de la cumbre. La realidad regresaba lentamente, como una marea.

Se sentó.

—Qué lástima haber despertado… —murmuró.

Permaneció largo rato en silencio.

Pensó en el mundo.

Siempre había sospechado que la felicidad en la Tierra era frágil. Un destello breve entre largos periodos de incertidumbre. La vida humana parecía construida sobre una paradoja difícil de aceptar: para vivir, era necesario destruir.

Desde el nacimiento, la supervivencia exige muerte. Animales o plantas, da igual: la vida se alimenta de vida. Millones de criaturas pasan su existencia hacinadas en granjas industriales, viviendo su particular infierno antes de convertirse en alimento. Un Auschwitz silencioso que apenas queremos mirar.

Y más allá de ese círculo biológico, estaba la tragedia humana.

Accidentes absurdos. Guerras nacidas de ambiciones estériles. Enfermedades que irrumpen en la vida de alguien como un ladrón nocturno. Y la pobreza, siempre presente, como una herida abierta en la conciencia del mundo.

Muchas veces —pensó Luis— la única manera de soportarlo consiste en apartar la mirada. Hacerse el distraído. Enterrar la cabeza bajo el ala, como el avestruz que finge no ver al cazador.

Porque si uno mantiene intacta la sensibilidad moral, la felicidad se vuelve un lujo incómodo.

Y aun así, incluso quienes logran atravesar la vida evitando las tragedias mayores, deben enfrentarse a otra certeza: el deterioro del tiempo. El cuerpo se vuelve lento, la memoria frágil, la fuerza se disuelve como nieve al sol.

Finalmente llega la muerte.

Nadie sabe si será dulce o cruel.

Pero aquel sueño había cambiado algo.

No en el mundo.

En él.

Por primera vez sintió que la muerte tal vez no fuese un final, sino una transformación. Una liberación del peso que convierte a los seres humanos en criaturas vulnerables y temerosas.

Quizá el cuerpo sea una etapa.

Un instrumento temporal. Un aprendizaje.

Tal vez la auténtica libertad comience cuando dejamos de estar encerrados en él. Sin cuerpo no habría enfermedad ni violencia. Nadie podría herir a nadie, ni siquiera por accidente.

Y, sin embargo, seguiríamos siendo capaces de sentir.

De encontrarnos.

De amar.

Aquella idea no era una certeza.

Pero sí una esperanza.

Luis se levantó lentamente y contempló el horizonte. Las montañas se extendían hasta perderse en la distancia, como si la Tierra misma fuera una ola petrificada.

En el cielo, el buitre seguía planeando, describiendo círculos silenciosos sobre el vacío.

Por primera vez en muchos años, Luis sintió que la muerte tal vez no fuese el enemigo de la vida.

Tal vez fuese su otro nombre.

Y mientras el viento de la cumbre acariciaba su rostro, comprendió que, de algún modo misterioso, algo en su interior había vuelto a nacer.

Jaime Tino Pouso


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Tras la muerte de sus padres a causa de la desigualdad, Fernando identifica como responsables a miembros de la élite más rica y traza un plan implacable: obligarlos a destinar parte de sus fortunas al bien común o enfrentarse a la muerte. Ingeniero químico y marcado por un conflicto moral constante, les concede la última elección mientras él ejecuta el veredicto, en una historia donde justicia y venganza se entrelazan y cuestionan hasta dónde estarías dispuesto a llegar para equilibrar la balanza.

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One comment on “El Renacer”

  1. Un relato de esperanza. Bien escrito y con sabor a poco. Transmite paz, algo que hace mucha falta en estos tiempos convulso. Mis felicitaciones al autor.