
Un combate de boxeo en la Casa Blanca: un mensaje que nos hace retroceder.
No es un buen ejemplo que se vaya a celebrar un combate de boxeo en la Casa Blanca.
Lo digo como alguien que aprecia profundamente el boxeo y las artes marciales. Cuando era joven, me acostaba temprano para poder despertarme de madrugada y ver los combates, que entonces estaban reservados a horarios estrictamente adultos. Era un ritual, casi una ceremonia. El boxeo tenía su espacio, su contexto, su marco.
Precisamente por eso me resulta tan desconcertante que se vaya a celebrar un combate de boxeo en la sede de la presidencia del país más poderoso del mundo. No es un detalle menor. Los símbolos importan. Los lugares importan. Y los mensajes que transmiten también.
La Casa Blanca es, o debería ser, un espacio asociado a la institucionalidad, a la responsabilidad pública, a la serenidad del poder civil. Convertirla en escenario de un espectáculo de combate envía una señal inquietante: la sensación de que la humanidad retrocede, de que volvemos a épocas oscuras en las que el ser humano aún estaba “desarrollando su cerebro” y actuaba movido por impulsos primarios, casi subhumanos.
Yo esperaba algo distinto. Algo que colocara al ser humano en el centro de su espiritualidad, de su capacidad de elevarse por encima de sus instintos más básicos.
Porque el poder, cuando es verdaderamente grande, no necesita exhibirse a través de la fuerza física, sino a través de la inteligencia, la templanza y la visión.
En lo personal, jamás celebraría mi cumpleaños atrayendo a mi casa un combate de boxeo. No lo haría porque entiendo que cada hogar, como cada institución, comunica valores. Y uno debe ser cuidadoso con lo que legitima, con lo que normaliza, con lo que convierte en espectáculo.
El boxeo tiene su lugar. La política también. Confundir ambos espacios no engrandece a ninguno.
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